Sentí que inundaba mi alma la luz de un Dios, o de una Diosa, en quien había dejado de creer. Y sentí que, en aquel momento, la Otra dejaba mi cuerpo, y se sentaba en un rincón de la pequeña habitación.
Yo miraba la mujer que había sido hasta ese momento: débil, tratando de dar una una impresión de fortaleza. Con miedo a todo, pero diciéndose a sí misma que no era miedo, sino la sabiduría de quien conoce la realidad. Levantando paredes en las ventanas por donde entraba la alegría del sol, para que no dañase los muebles viejos.
Vi a la Otra sentada en un rincón del cuarto: frágil, cansada, desilucionada. Controlando y esclavizando aquello que debía estar siempre en libertad: Los sentimientos. Tratando de juzgar el amor futuro por el sufrimiento pasado.
El amor es siempre nuevo. No importa que amemos una, dos, diez veces en la vida: siempre estamos ante una situación que no conocemos. El amor puede llevarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a algún sitio. Es necesario aceptarlo pues es el alimento de nuestra existencia.
Si nos negamos, moriremos de hambre viendo las ramas del árbol de la vida cargadas, sin coraje para estirar la mano y agrrar los frutos. Es necesario buscar el amor donde esté, aunque eso signifique horas, días, semanas de decepcion y tristeza.
Porque en el momento en que salimos en busca del amor,
el amor también sale a nuestro encuentro
Y nos salva.
Cuando la Otra se apartó de mí, mi corazón volvió a conversar conmigo {...}
.
Me dormí contenta con una sonriza en los labios.
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